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Mundo / Ciclón Nargis (Ampliación): Naciones Unidas acusa a la Junta Militar de confiscar la ayuda y suspende los vuelos
Bangkok, 9 mayo (CERES TELEVISIÓN / AGENCIAS)
El Ministerio de Asuntos Exteriores birmano indicó en un comunicado que han dado prioridad a la ayuda, pero prefieren encargarse ellos mismos de la distribución entre el millón y medio de personas "seriamente afectadas" por el ciclón tropical "Nargis", según datos de la ONU. "No estamos preparados por el momento para recibir esta clase de misiones de información, búsqueda y rescate de otros países", apuntó el departamento birmano de Asuntos Exteriores a través de un comunicado. Es por esta razón que a un equipo de 62 especialistas se le impidió el jueves descender de un avión con ayuda procedente de Qatar que había aterrizado en el aeropuerto Mingalardon de Rangún. "Myanmar no fue informada de la misión de búsqueda y rescate que llegó con la asistencia humanitaria. El Gobierno sólo tenía constancia de que el avión iba a entregar ayuda humanitaria", señaló la junta birmana en su nota difundida desde Naypyidaw, la capital del país desde 2005 y donde la furia del "Nargis" no llegó. La Junta Militar cuenta en la zona afectada, el estado de excepción está declarado en las regiones de Irrawaddy, Rangún y Pegu y los estados Kayin y Mon, con cuatro divisiones de infantería, según los medios de comunicación estatales, pero la población afectada se queja de que nadie les ayuda, y menos el Ejército. La embajada de Estados Unidos en el país asiático calcula que habrán muerto unas 100.000 personas, aunque la radio, la televisión y la prensa birmana sólo confirman unos 23.000 muertos y 42.000 desaparecidos. La actitud del régimen militar birmano, de controlar toda persona que ingresa en el país para impedir que se cuelen "enemigos de Estado", tiene perplejas a las agencias de la ONU y a las organizaciones no gubernamentales (ONG) humanitarias, que ven frustrado su plan de atender con rapidez a los necesitados. "¡Es asombroso!", manifestó el portavoz del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Paul Risley, a los periodistas en Bangkok, en relación a la lentitud con que las autoridades birmanas tramitan las solicitudes de visado. La embajada de Birmania en Bangkok no abrió hoy debido a una festividad, lo que quiere decir que hasta el lunes o el martes próximos, según un empleado de la legación, no se extenderán visados. "La frustración causada por lo que parece ser un retraso en los trámites no tiene precedentes en los trabajos de ayuda humanitaria modernos", detalló Risley, e instó al Gobierno birmano a tramitar las solicitudes lo antes posible, "aunque sea trabajando durante el fin de semana". El PMA logró que su primer avión con ayuda aterrizase ayer en Rangún, cinco días después de la tragedia, y otro vuelo fletado por la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja (FICR) con cien toneladas de artículos básicos tomó tierra en el mismo aeropuerto horas más tarde. La Cruz Roja, el PMA, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Organización Mundial de la Salud (OMS), Cáritas, Manos Unidas, Save the Children y otras organizaciones cuentan con personal sobre el terreno, aunque no todo el que consideran necesario, que preparan la logística o trabajan ya con los afectados. La situación es grave, hace una semana que "Nargis" entró por el sur de Birmania y el cólera ha comenzado a cobrarse las primeras víctimas mortales en Bogalay, que quedó casi completamente anegada y donde los medios estatales birmanos informan de 10.000 muertos, y Laputta, donde se cree que hay 80.000 muertos, no confirmados por la Junta. UNA SITUACIÓN INSOSTENIBLE El delta del río Irrawaddy, en el suroeste de Birmania (Myanmar), es un inmenso pantanal en el que los supervivientes del ciclón Nargis se hacinan en las pocas aldeas que quedaron en pie o van de un lado a otro sin la esperanza de recibir ayuda de la Junta Militar. La carretera que conduce al delta desde Rangún es en realidad un infernal y estrecho camino repleto de baches y jalonado de chozas derruidas, entre las que los birmanos rebuscan cualquier cosa que pueda serles de utilidad para resguardarse del sol y de la lluvia. Otros muchos damnificados recorren kilómetros con el agua por encima de la cintura por donde fueron arrozales, tirando de cañas de bambú o de grandes hojas de palmera, para levantar con sus manos una nueva vivienda en la que cobijar a la familia. Los árboles arrancados por el ciclón y los postes caídos de un tendido eléctrico, que por el estado de los generadores parece que fue instalado hace no mucho tiempo, entorpecen el paso de los pocos vehículos que van en uno u otro sentido. Autocares desvencijados viajan en dirección a Rangún con gente hasta el techo, y apartan del camino a los birmanos que empujan pequeños carros de madera en los que transportan todo lo que tienen y útiles de cocina. La del delta es una región sumida en la miseria, sin una sola fábrica ni comercio, donde la malaria y el dengue son enfermedades endémicas, y en la que sus habitantes subsistían hasta antes del ciclón de la cosecha anual de arroz o de la venta de sus reses. Tampoco en la zona hay hospitales ni dispensarios para alojar a los heridos y a todas aquellas personas a las que la hambruna y la falta de agua potable apaga sus vidas. En Payayi, una pequeña aldea de la que quedan menos de la mitad de las casas en pie, un reducido grupo de monjes budistas atiende bajo un chamizo y sobre esterillas tiradas en el suelo a una veintena de personas mayores y niños, unos enfermos y otros desfallecidos por el hambre y el agotamiento. Uno de los monjes señala con su brazo en dirección a un bulto: se trata de un hombre mayor amortajado. A lo largo del trayecto de 150 kilómetros que separan Rangún de Payapon, localidad en la que termina el camino y a partir de ahí todo es agua y fango, no se aprecia señal alguna de que la población reciba la asistencia anunciada por el Gobierno. "Son gente muy pobre, que llevan una vida dura, muy pocos saben leer o escribir y ahora tienen mucho miedo porque no saben de qué van a vivir", explica Lwin Mg, de 41 años, maestro del pueblo de Nasingoo, mientras camina entre los escombros de la escuela. En varios puntos del trayecto, parejas de birmanos que visten el chaleco de la Cruz Roja han montado sencillos puestos de socorro con varios palos y un plástico que hace de techo. Las familias menos desafortunadas subsisten gracias a lo que les queda de la última cosecha de arroz, y una parte de ésta la han extendido frente a la casa con el ánimo de poder cambiar con alguien algunos kilos por otro tipo de alimentos. "Es todo cuanto nos queda", dice con un tono de protesta un vecino de la aldea de Komu, cuya gente, como la del resto de localidades ubicadas en el delta, no va a poder sembrar arroz durante lo que queda de año porque el ciclón que golpeó la región anegó los arrozales. En lo que fuera el cuartel de la Policía de Komu, unos veinte agentes se guarecen del sol bajo toldos de plástico, aparentemente ajenos a las inquietudes de los vecinos y al hedor que despiden los búfalos muertos que flotan sobre el agua. Una semana después del ciclón que ha causado al menos 23.000 muertos y más de 42.000 desaparecidos, según datos oficiales, muchas familias de aldeas que los vientos huracanados borraron de la superficie, navegan en pequeñas canoas por el estuario en busca de algo de comida, agua y una nueva población que les acoja. Tras muchas horas remando, estas familias, que forman parte del millón y medio de personas que han perdido sus hogares, llegan hambrientas, desorientadas y atemorizadas a un pueblo extraño en el que, a veces, no son bien recibidas por los lugareños, que las culpan del clima de tensión que generan el hacinamiento y la desesperación. "Es una zona muy insegura de noche, hay muchos asaltos y robos", dice a Efe U Thet Oo, funcionario del consistorio de la localidad de Kunyangon, una de las mayores de la región y de la que únicamente quedan en pie menos de la mitad de las viviendas, casi todas hechas con cemento. A paso firme y mirando a la gente, soldados con porras o varas en la mano y rifle al hombro patrullan desde el pasado jueves las aldeas vecinas a Kunyangon, en cuyo edificio municipal los militares han instalado su centro de operaciones. "El Ejército ha venido para protegernos", señala este funcionario al mismo tiempo que ante el acuartelamiento se detiene un camión militar cargado de provisiones para el destacamento, y que custodian cuatro soldados armados con fusiles. A unos cien metros del puesto, en el monasterio, varios monjes ayudados por civiles incineran en el horno a la última veintena de cadáveres, del total de 373 rescatados en la localidad y en los pueblos aledaños tras el desastre causado por el ciclón. Y en el exterior, cientos de supervivientes con su cubo en mano hacen cola tras el camión cisterna recién llegado al pueblo con agua potable, el primero en dos días.
// CERES TELEVISIÓN - Con información de EFE // - Volver a portada
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